martes, 1 de marzo de 2016

LA HISTORIA ES REDONDA

Estoy redonda como las bolitas que cuelgan del árbol de navidad. Dentro de mi crece una vida que se llama Miguel como el arcángel. La hermanita de Miguel dice que el bebé  que vive en mi barriga es un niño especial, así como el niño Dios. 

Hablando del niño Dios y de los rituales que se practican en el mes de diciembre para honorar su historia, se abre en Italia un debate sobre si hacer o no el recital de navidad en las escuelas, si poner o no el árbol o el pesebre para evitar ofender a la comunidad musulmana. 

A mi me parece una discusión obsoleta e innecesaria, pero visto que se ha armado un drama de grandes dimensiones y personajes de las más altas esferas de la sociedad  han tomado partido y han expresado sus puntos de vista, pues yo también digo lo que pienso al respecto.

En primer lugar, no han sido los musulmanes ni los hebreos ni los budistas ni ninguno que pertenezca a una religión diferente a la católica quienes han pedido la eliminación de los símbolos natalicios. Y en caso que cualquiera de estas comunidades hubieran pedido explícitamente de cancelar del calendario las usanzas católicas, la respuesta mejor no es la pelea vulgar del talk show donde los políticos nos descrestan con su ignorancia y su comportamiento grotesco. 

Tal vez abrir un espacio ciudadano de encuentro de mezcla y aprendizaje de culturas con sus rituales y festividades sería un mejor regalo para nuestros niños en navidad, un regalo para toda la vida. Tal vez integración también significa que el musulmán pueda cantar un villancico  y un budista vivir la experiencia del hanukkah o que un cristiano pueda conocer los motivos por los cuales los musulmanes no festejan la navidad. 

Integración no es dividir la escuela entre nacionales y extranjeros, católicos y ateos, oriente y occidente. Integración significa que la escuela puede ser un espacio de aprendizaje, puede ser un espacio de reflexión, puede ser un territorio neutro donde prevalga el respeto por las igualdades y sobre todo por las diferencias. Donde nuestros niños convivan con menos prejuicios y más ganas de conocer.

Ustedes dirán que es lógico lo que digo y que no es una receta innovadora, pero al parecer algunos políticos no piensan lo mismos y han comenzado a echar pullas sobre los inmigrantes que no son bien vistos ni bienvenidos, porque representan un peligro para la nación, porque es mejor si se quedan en su casa y que no vengan a darnos fastidio, porque el pesebre es tan italiano como la pizza…

Aquí llegamos al punto clave, el pesebre. Pues el pesebre no es sólo el establo o pesebrera donde nació el niño Jesús, sino que es el símbolo de una historia que se repite. Los personajes principales del pesebre son medio orientales, es decir, de las tierras donde hoy se profesa el islam. María y José por su parte, 
son refugiados que huyen de su pueblo para salvar sus vidas y asegurar el futuro de su hijo, así como lo hacen los clandestinos que después de atravesar desiertos y mares, llegan en barca a Europa.  

Una Europa mayormente católica con el papado en el patio de la casa, pero temerosa, indolente y poco preparada para acoger a quien busca refugio. 

Desconfiar del desconocido que llega a nuestra casa es normal, porque lógico que no todos los que desembarcan son San Josés y Vírgenes Marías, no todos están libres de culpas, pero la gran mayoría son sobre vivientes de las guerras, las persecuciones y la miseria. En el caso de las mujeres, la gran mayoría viajan embarazadas o con niños, que no siempre encuentran reparo como el Jesús del pesebre y terminan tragados por el mar.

Llega marzo y con él la primavera y nuevos náufragos. Por fortuna existen los lampedusanos. Porque los habitantes de la isla de Lampedusa en el extremo sur de Italia, desde hace años con o sin "crisis refugiados” salvan, acogen y ayudan  sin lamentarse, sin miedos, sin prejuicios  y sin entrar en conflictos culturales a los náufragos musulmanes, católicos o de cualquier credo que encuentran en sus aguas. 

No en vano el documental italiano Fuocoammare de Gianfranco Rosi, que cuenta la dinámica solidaria de Lampedusa y la relación con los inmigrantes que llegan a sus costas en barca, ha ganado el Oso de Oro en la 66° edición del Festival de Berlin.  No en vano, cuando se le pregunta a los lampedusanos por qué salvan y acogen a todas estas personas, la única respuesta posible es “por que somos un pueblo de pescadores y los pescadores recogemos todo lo que nos trae el mar”.

Mientras escribo estas últimas palabras, siento a Mercedes Sosa que canta “solo le pido a dios que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente (…) solo le pido a dios que el futuro no me sea indiferente, desahuciado esta el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente”.