jueves, 14 de septiembre de 2017

CARTA PARA EL CONSUL

Escribo la presente con la esperanza que la Embajada de Colombia en Italia, representada por el cònsul Beatriz Helena Calvo Villegas, tome cartas en un asunto que me llena de indignación.

Resulta que al regresar caminando del supermercado en compañía de mis hijos, veo en una vitrina un maniquí con un saco que dice “NARCOS”. Inicialmente pienso que me equivoqué al leer, tal vez dice MARCOS. Entonces me detengo incrédula de lo que ven mis ojos. El maniquí tiene un saco que dice “ NARCOS, PLATA O PLOMO”. Todo en la vitrina hace alusión al tema del narcotráfico.

Yo quedo sin respiro. Mis hijos aún no saben leer porque son pequeños, pero se dan cuenta que algo me disturba y se preocupan. Les explico que ese saco tiene una frase ofensiva y que no me gusta. Una vez en la casa le cuento a mi marido lo sucedido y él tímidamente dice “tal vez es por la serie de televisión Narcos”.

Tal vez se refiere a esa serie, pero yo no soy tan básica como para darle la culpa a la producción del programa. Pues si a eso vamos, el año pasado en un canal trasmitían Narcos, programa que da cuenta de la cultura mafiosa colombiana; y en otro Gomorra, una serie sobre la camorra que es una de las mafias italianas.  Sin embargo, yo ni he visto ni creo que esté permitido la venta de camisetas que digan “VIVA LA CAMORRA”.




Lo que me indigna es que la marca de ropa y accesorios que diseña y vende estas cosas, está haciendo apología al delito, está legitimando una cultura de ilegalidad y haciendo creer que es “figo” aquello de plata o plomo. 

Pues le cuento al dueño del almacén, que seguramente en buena fe y en modo honrado vende la ropa; le cuento a las señoras que atienden el negocio; le cuento al diseñador de esta linea de ropa; le cuento a la señora Cónsul y a quien le pueda interesar, que la cultura del narcotráfico no es una figada, no tiene nada de bacano lo que nos pasó en Colombia durante los años duros del narcotráfico ni son una nota las secuelas que dejó.




Yo era una niña, pero me acuerdo que en más de una ocasión llamamos a la policía para avisarles que había algún carro sospechoso parqueado desde hace rato en la calle que en esa época conectaba nuestro barrio con la autopista. Unas veces era un carro bomba y otras un muerto dentro del carro.

Recuerdo una generación de hijos de “buena familia” desaparecida, perdida, desperdiciada. Recuerdo la nube de humo de la bomba de La Macarena. Recuerdo defensores de derechos humanos y líderes políticos y comunitarios exterminados. Recuerdo periodistas callados a tiros. Recuerdo que la vida de un policía valía un yoyo y que nadie quería tener un CAI cerca a la casa. Recuerdo los toques de queda.

Recuerdo que creciendo conocí a otros hijos de familias pobres que viven en los barrios populares del otro lado del río. Sus familias ganaron mucha plata trabajando en las cocinas de los narcos. Pero a distancia de años una de esas jóvenes me dice “ eso no valió la pena, al final nos quedamos sin familia y sin plata. Yo me salvé  porque me escondí…de mi familia quedamos solo nosotros tres”.

Esto es solo la punta de lo que le pasó a Colombia cuando le estrechó la mano a la cultura mafiosa y se dejó corromper. Repito, no le doy culpa a la serie de televisión, es más, es un bien que la televisión, el cine y la literatura nos refresquen la memoria y den cuenta de los diversos fragmentos que componen nuestra historia llena de esperanzas y de dolores.  

Sin embargo, espero que no sea lícito poner de moda en las vitrinas de Italia o de cualquier otro lugar del mundo a los NARCOS. Y sobre todo espero que la Embajada de Colombia se pronuncie al respecto.