martes, 4 de mayo de 2021

YA NO TENEMOS MIEDO

 Dedicado a quienes salieron a protestar y no regresaron a sus casas.


Cuando era pequeña, veía de tanto en tanto, protestar en solitario al gremio de maestros o a los revoltosos de La Nacho (Universidad Nacional) o a los transportadores o…


…Mientras tanto, narcotráfico, guerrilla, paramilitarismo e ineptitud para gobernar se fueron mezclando. El Estado se llenó los bolsillos con el dinero del narcotráfico, la guerrilla hizo del secuestro un negocio y los paracos con la “limpieza social” hicieron fortuna. El gobierno en vez de trabajar por una solución pacífica del conflicto armado, hizo alianzas con los paramilitares (ejército ilegal), que llevaron a desplazamientos forzados de miles de campesinos, a masacres indiscriminadas y a una agudización de la guerra para repartirse entre guerrilla, paramilitares y Estado el botín millonario del narcotráfico, de las tierras que los campesinos dejaron abandonadas cuando los hicieron salir de sus casas y de las ganancias que generan las guerras.


La primera vez que un gran número de población se unió en una manifestación masiva, fue durante las protestas del NO MÁS, donde pedíamos la liberación de los secuestrados por la guerrilla. Yo era apenas una adolescente, pero participé por Américo, un vecino que fue secuestrado cuando tenía unos 15 años, la primera vez, y tiempo después asesinado en un segundo intento de secuestro. Marché por él y por todos los niños de cualquier clase social que eran víctimas de la guerra. 


Los paramilitares o autodefensas, fueron tomando fuerza, con el apoyo del gobernador del departamento de Antioquia inicialmente, y luego, cuando ese gobernador llegó a la Presidencia de la República, la situación para los defensores de la paz y de los derechos humanos se complicó, pues los tildaban de guerrilleros, terroristas y traidores de la patria. Pero no eran y no somos defensores de la guerrilla ni militantes, simplemente creían y creemos en una solución pacífica del conflicto y en la importancia del trabajo comunitario.


Fueron años de auge cultural y de organizaciones sociales. Pero también años donde no defendimos a los campesinos desplazados ni a los indígenas asesinados ni a los falsos positivos ni a los desmovilizados, de un bando o el otro ni a los niños víctimas de la guerra, ni a los secuestrados ni a los desaparecidos. Algunos no los defendieron por indiferencia y otros por miedo. 


Unas pocas mujeres valientes se reunieron cada martes fuera de la iglesia de La Candelaria en el centro de Medellín, con las fotos de sus esposos, hermanos e hijos. Gritaban en coro “los queremos vivos y libres”. Como ellas, otras gotas de agua femenina en otras zonas del país, trasformaban el dolor de la guerra y la injusticia en arte, en proyectos comunitarios o en protesta pacífica. Pero eran eso, gotas en un océano de personas con miedo a desafiar un gobierno que, en vez de velar por su población, se había aliado con un ejército ilegal de ultra derecha.


Durante el primer mandato del gobierno paramilitarizado, en la ciudad de Medellín ejecutaron una misión llamada Orión, con la autorización de la entonces ministra defensa, del entonces presidente de la república y del entonces alcalde de la ciudad. En dicha misión, paramilitares allanaron los barrios de la Comuna 13 y desde helicópteros el ejército disparaba indiscriminadamente sobre la población. La excusa era eliminar a las bandas criminales, pero quienes pagaron con heridos y muertos fueron los niños, los estudiantes, las amas de casa, los trabajadores, mejor dicho, los del común. Todos los mandos que autorizaron esta misión están libres y participan activamente de la vida política del país.


Ese mismo gobierno en su segundo mandato, por más mano dura que hubiera usado contra una guerrilla que nos tenía mamados, no logró eliminarla y para justificar sus operaciones, autorizó secuestrar campesinos, asesinarlos y hacerlos pasar por guerrilleros (“falsos positivos”). Lo hicieron tranquila y repetidamente, hasta que un grupo de madres rompió el silencio del miedo y denunció lo ocurrido a sus hijos. Ni el presidente, ni el ministro de defensa ni los altos mandos del ejército tuvieron ningún escrúpulo.


Cuando el entonces ministro de defensa se desasoció del entonces presidente e inició su campaña con miras a las próximas elecciones, fue tildado de traidor. Y cuando además ganó las elecciones y se sentó a dialogar con la guerrilla de Las Farc, hasta lograr la firma de un histórico acuerdo de paz, no se hicieron esperar los insultos de quienes hasta ayer eran sus aliados en la guerra. 


El proceso de paz y el posterior acuerdo alcanzado, dividió al país en polémicas válidas y necesarias, pero a veces degeneradas en inútiles intercambios de insultos. Las discusiones en el senado y en las redes sociales, fueron alimentadas por la cizaña de los partidos que sostenían al “innombrable”, es decir, al hombre que intuíamos que había dado las ordenes de Orión y de los Falsos Positivos, pero que no podíamos pronunciar su nombre. 


Un acuerdo de paz representaba para parte de la sociedad una esperanza, un futuro, una luz; pero los de la cizaña insistieron tanto en que nos íbamos a volver como Venezuela, en que el Estado nos iba a quitar la tierra, en que nos iban a volver homosexuales…


…En realidad esto mismo lo dijeron en las últimas elecciones presidenciales para que la gente no votara por el otro candidato. Lo dijeron también cuando, al inicio de la pandemia, el gobierno cubano puso a disposición a sus médicos para atender la emergencia. Lo dijeron cuando…


El hecho es, que aun sin la aprobación del “innombrable”, de sus secuaces políticos y de una parte de la comunidad, el histórico acuerdo se firmó y hasta nos dieron un Premio Nobel por la Paz, que algunos celebraron y otros criticaron. Pero llegaron nuevas elecciones, cambio de gobierno y con la solita carreta de que nos íbamos a volver como Venezuela y la promesa de acabar con El Acuerdo de Paz, el partido de ultra derecha vuelve al poder. Dicen las malas lenguas que compraron las elecciones con dineros del narcotráfico, pero este tema lo dejo por ahora en las manos de algún juez. 


Como la ley colombiana permite un máximo de dos mandatos, el “innombrable” primero intenta cambiar la constitución para ejercer un tercer mandato, pero este cambio le fue negado. En este punto, nombra un candidato que aparentemente represente un cambio y una política menos ultra, pero que en realidad es una fachada, pues quien sigue dando las ordenes es el que una vez era innombrable, pero al cual hoy la gente le canta en coro “¡Uribe, paraco; el pueblo está verraco!”

 

Es que hay algo que no calculó el señor Álvaro Uribe, cuando un día dividió el país en dos: los de “la mano dura y el corazón grande” y los enemigos del gobierno. Sé, por cierto, que muchos de sus seguidores y muchos de los que fuimos considerados traidores, simplemente queríamos un país sin secuestros, pero elegimos estrategias diferentes para tratar de lograr ese objetivo. Es decir, ellos vieron en Uribe un salvador y nosotros continuamos buscando una solución pacífica y concertada.


Pero lo que no calculó el ex gobernador y ex presidente, es que en un cierto punto de la historia de Colombia, parte de sus seguidores no le iban a comer más cuento y no iban a seguir apoyando políticas de guerra y a seguir pagando impuestos sin obtener servicios a cambio, no calculó que las víctimas de sus políticas de guerra iban a salir de sus escondites, que la población iba a exigir el cumplimiento de los acuerdos de paz, que iba a llegar una pandemia y nos iba a unir en las necesidades más básicas e iba a subrayar las falencias del gobierno y de las estructuras del Estado.


No calculó que la gente se iba a cansar de tanta corrupción y violencia de parte de los gobernantes, pero, sobre todo, no calculó que un día íbamos a perder el miedo e íbamos a decir su nombre en voz alta e íbamos a salir a la calle a protestar a exigir, pero no como gotas de agua, sino como un océano. 


Ahora Las Madres de la Candelaria, los niños víctimas de la guerra, los maestros mal pagados, los médicos no pagados, los policías mal tratados, los estudiantes revoltosos, los desempleados, los indígenas con su Minga, los campesinos pisoteados, los afro discriminados, los más de 6.402 falsos positivos, los ricos, los de clase media, los pobres y los miserables y todos los demás nos unimos en una voz de protesta. 


Ya no tenemos miedo. No nos vamos a callar.   


Hannalucida

Mayo 4 de 2021

Italia



Mi cacerolaso. Paro Nacional. 
Abril - Mayo  2021













domingo, 21 de marzo de 2021

YO TAMBIÉN DIJE ADIOS

Todos hemos perdido algo. Unos el miedo de confesar un amor, otros la pena de cantar en voz alta desde el balcón, no pocos el pudor que les impedía trabajar en piyama, muchos perdieron la vergüenza de aceptar que tienen miedo, rabia o tristeza; tantos hicieron de las cosas simples que les quedaron, cosas maravillosas; un sin número perdieron un ser querido, algunos, en cambio, olvidaron el bien común.


En nuestro caso, nos confrontamos con los propios miedos y con el propio sentido común, y decidimos no depender de un decreto para protegernos. Es decir, salir poco y salir cubiertos, evitar lugares y personas que nos ponen en alto riesgo (porque no se protegen). Hablamos con nuestros hijos para explicarles el momento que estamos viviendo, para crear un espacio donde se sientan libres de preguntar, de sentir y de vivir diversamente, pero en normalidad.


Nos pareció importante que entendieran el porqué de las nuevas reglas, para convivir con ellas no desde el miedo, sino desde el saber y el amor. Es decir, nos cuidamos, porque nos queremos.


No les voy a decir que todos los días sea fácil sonreír y pasar la semana sin preocupaciones, así como no siempre encontramos una buena respuesta para las inquietudes de los niños o para las nuestras.


Un día, por ejemplo, donde vivimos llegamos a 100 positivos, que en un pueblo pequeño es mucha gente. Días antes, mis hijos vieron por enésima vez grupos de jóvenes sin tapabocas y sin distancia. Entonces me preguntaron “¿por qué ellos no respetan las reglas?”


Mi respuesta mental: “¡Porque son unos cretinos, unos malparados y unos egoístas de mierda!”  Mi respuesta verbal: “Porque son tontos. No han entendido que así se contagian”.


Entonces la inquietud natural de mis hijos es: “si nosotros siempre hemos respetado las reglas y nos hemos comportado bien, por qué nos cerraron el parque y la escuela, mientras los grandes que se portan mal están en la calle como si nada?”.


Las autoridades corren a escribir nuevos decretos para imponer mayores restricciones. Todo el año la hemos pasado con grandes y pequeñas cuarentenas. Llevamos muchos días encerrados en la casa. Desde aquí estudiamos, vemos películas, jugamos juntos, nos conocemos mejor, compartimos, nos reímos y cada tanto peleamos.


En todo este tiempo, las preguntas frecuentes de mi hijo de 4 años son:


- ¿Cuándo vamos a poder volar de nuevo en avión?

- ¿Cuándo podemos ir a Colombia?

- ¿Cuándo podemos ir a la casa de la abuelita colombiana?

- ¿Cuándo abren de nuevo el parque con el deslizadero amarillo? 

- ¿Cuándo puedo ir a la escuela?


Una tarde, tras sentir por varios meses que la respuesta era: “cuando el virus se vaya volveremos a…”


Con escepticismo me dice: “¿Y cuándo es que coronavirus se va a ir? ¿Cuando nos muramos todos?”


Trago saliva para que se me quite el nudo en la garganta, sonrío y le digo con tono sereno que nadie se va a morir, que vamos a vivir muchos años más. Le cuento que los científicos están buscando una cura y que nosotros, cada vez que respetamos las nuevas reglas, nos convertimos en superhéroes que ayudan a vencer el virus.


Vuelve el momento de las risas y los juegos. Los niños bailan al ritmo de música y los papás preparan la cena.


Nuestra hija también ha tenido sus momentos de crisis, sin embargo, ha sido la más resiliente de toda la familia. Ella es así. Digo yo que desarrolló la capacidad de adaptación apenas nació y, sin ni siquiera pasar por el pecho de la mamá, le tocó vivir en ese espacio artificial que es la terapia intensiva neonatal.


De ahí en adelante ha apreciado cada respiro, cada momento, cada compañía, cada experiencia, incluidas las hospitalizaciones. Ella ve lo bueno, ve la solución, es propositiva, creativa, resiliente. Entonces al virus le ha inventado canción, lo ha dibujado, le ha hecho pancarta y hasta le habla con ternura.


A pesar de todo, este año queríamos que el espíritu de la navidad invadiera la casa. Digo a pesar de todo, no sólo por las restricciones, sino porque es la primera navidad sin Pietro, el hermano de mi esposo. Llevaba 3 años en estado vegetal. Los últimos 5 meses de vida los pasó solo en una pieza de hospital, las normas anti covid no admitían visitas. Y ese no poderlo acompañar nos deja un hueco en el alma. 


Mi suegra, a pesar de su dolor de madre, armó el pesebre con sus nietos y se ofreció a preparar la mejor lasaña de Italia para el almuerzo de Navidad. Mi esposo se hizo cargo del árbol y los niños y yo de los adornos. Todos hicimos un esfuerzo para sentirnos menos solos y menos tristes.


A decir verdad, yo también tengo una tristeza toda mía. Yo también dije adiós. 


Resulta que he tenido el privilegio de crecer con unos tíos maravillosos y aunque a todos los adoro, hay una tía para la cual yo era la sobrina preferida, consentida, protegida. Y para mí, ella era una tía generosa y cómplice. En pocas palabras, habíamos construido una relación especial. 


En medio de esta pandemia, con las fronteras entre Europa y América cerradas, mi tía me llama y me cuenta que está enferma, no sabe de qué, pero aqueja dificultad para moverse y mucho dolor. Unos días después le diagnostican un tumor que la deteriora rápidamente. Ella estaba mal y yo no podía viajar para estar a su lado. Entonces pensé… ¡virus hijueputa!


A mi tía le hablaba con serenidad, pero por dentro sentía enojo. Se empezaba a apagar un pedazo importante de mi vida, un recuerdo dulce de mi infancia, una persona que siempre me tendió la mano en los momentos de dificultad, un ser generoso, mi tía especial.


No estaba enojada con ella, sino con el virus que me impedía correr a su lado para ayudarla, atenderla, consentirla y regañarla amorosamente cuando se pusiera terca. Qué impotencia tan tremenda no poder devolverle un pedacito de todo ese amor. Obvio que ella sabía cuán especial era para mí y entendía las razones de mi ausencia. Pero no deja de ser doloroso no poder tomar de la mano a los seres que uno ama antes de decirles adiós.


Nosotros hemos sido siempre cautos, con la esperanza de que nuestro comportamiento, sumado al de otros, ayude a debilitar el virus y su difusión. Queremos ser parte de la solución. Además, tenemos el deber de proteger a mi suegra, que es anciana, y a nuestros hijos.


Unos días antes de la Navidad, mi suegra aqueja un fuerte dolor en un brazo y se le dificulta el movimiento. Visto que el dolor por sí solo no pasa, toma un analgésico. Como era de esperar, cada que toma algo por fuera de las medicinas diarias, se le sube la presión, la diabetes y le da diarrea. Paralelamente, a mi esposo se le bloquea la espalda y le duele una pierna y los pies. Un día fiebre y luego nada por varios días… de repente de nuevo fiebre. El doctor inicialmente le manda un antiinflamatorio y un antibiótico.


Ninguno de los dos presenta tos ni síntomas de gripa, sin embargo, deciden hacerse un test rápido, para descartar que sea covid. Mientras nos dan la cita para hacerlo a domicilio, mi esposo comienza a empeorar. Le sube la fiebre y no se le baja con nada, le dan dolores de cabeza que describe como calambres. O sea, a los dolores en la espalda, en la pierna y en los pies, se suma el de la cabeza.


Llega el día del test y mi esposo sale negativo, mientras mi suegra resulta positiva. En este punto, todos los integrantes de la familia nos sometemos al test. Somos negativos. Pero mi esposo no aguanta más el malestar y la fiebre que no se le baja y se va para el hospital. Necesita saber, si no es covid, ¿entonces qué? 


Yo también estoy súper preocupada por él. Preparamos una maleta por si lo internan. Nuestra hija, a escondidas, escribe en un papel “ti voglio bene papa!” [“te quiero mucho, papá”] y esconde la nota en el bolsillo de la maleta. Así el papá se sentirá menos solo y más amado cuando esté lejos de casa.


En el hospital le dicen que debe esperar ahí, para que le hagan el test del covid antes de entrar, es el protocolo. El problema es que “ahí” es fuera del hospital a la intemperie, con el aire helado del invierno, sin al menos una silla para sentarse, sin un baño, sin una enfermera que dé indicaciones o que efectúe los test. Después de 2 horas, sale una doctora que en vez de atenderlo lo regaña y le dice que los tiempos de espera son de 48 a 72 horas. Mi esposo se pone furioso.


—¿Usted cree que una persona enferma puede esperar aquí afuera, al frío por 48 horas? Yo no vine para quemar tiempo o porque no tengo nada mejor que hacer. Yo vine porque estoy mal, estoy enfermo.


—Estos son los tiempos de espera—, dice la doctora y se va.


Mi esposo regresa a la casa indignado, enojado, desalentado, indispuesto y con diarrea.


Mientras tanto, el sistema sanitario estatal ASL activa el protocolo covid y nos hacen a todos el test molecular. Se confirma así el resultado positivo de mi suegra y se suma el de mi esposo. Mientras mis hijos y yo resultamos nuevamente negativos. ¿Será que los anticuerpos tercermundistas que poseemos son más resistentes al virus?


Cuando nos informan que el covid ha entrado en casa, nuestro hijo se esconde bajo la mesa del comedor y llora, porque no podrá jugar con su papá. Nuestra hija de lejos abraza al padre, luego hace unos carteles para indicar cuál baño deberá usar él y cuál nosotros. Poco a poco aprendemos que el mejor modo para ayudar al papá y a la abuela a curarse, es estando distanciados y llenándolos de amor. 




No es fácil, ahora además de no poder volar ni ir al parque, tampoco pueden jugar a la guerra de espadas con la abuela ni ir a su terraza para dar de comer a los caracoles y tampoco contar las ovejas del pesebre para ver si está completo el rebaño y mucho menos pueden jugar con el papá, sentarse junto a él para ver una película, almorzar juntos o simplemente abrazarlo.


Tampoco pueden dejar al lado de la chimenea de la abuela las galletas y la leche para Papá Noel ni las zanahorias para los renos. Y las trampas artesanalmente construidas por los niños para poder atrapar y ver a Papá Noel no podrán ser usadas.  


Es más, ni siquiera saben si el viejo Noel pueda venir a la casa, pues como dicen los niños: “¡no debe entrar en contacto con personas positivas, porque se contagia y yendo de casa en casa, contagiaría a todos!”


Los abrazo, y los invito a creer en “la magia de la Navidad”. El niño Dios de Colombia y el Babbo Natale de Italia, encontrarán el modo de hacerles llegar algún regalo.


Se piensa que quien pasa la cuarentena en casa, es porque le dio una simple gripa, pero no es así. Quien está en casa también está mal, también puede presentar síntomas graves y también puede empeorar. Este es un virus bastardo que genera inmenso malestar en el cuerpo y en la mente.


Un frío que no se quita con nada, dolores de cabeza descritos como calambres, dolores musculares, un peso en el pecho y fatiga para respirar aun cuando la saturación del oxígeno es buena, un desaliento tremendo, insomnio, temblor en las manos y ataques de ansiedad eran los síntomas de mi esposo sin ser un paciente grave y dando gracias que le bastó la terapia antibiótica para salvarse.


La parte positiva es que como los síntomas y las terapias varían de persona a persona, del ASL nos llamaron todos los días para monitorear el progreso de la enfermedad y modificar, si era el caso, la terapia. Créanme que esa llamada es muy valiosa, tanto por las indicaciones médicas que dan, como a nivel sicológico, pues nos ayuda a sentirnos menos solos y temerosos. Es que uno de los síntomas más crueles es el sentimiento de soledad que trae consigo el coronavirus. 


A parte de esto, le pedí consejo a dos amigas colombianas que ya habían vivido esta experiencia, porque los médicos te pueden dar las medicinas, pero el sentido práctico de convivencia con uno o más positivos, el manejo del enfermo, el uso de los espacios comunes de la casa (corredor que de la habitación lleva al baño), el cuidado de los demás familiares a cargo y el aspecto sicológico y emotivo son problema de uno. Entonces fue útil aprender de ellas.

 

Obviamente nuestra familia no festejó la Navidad ni el año nuevo, ni los cumpleaños de los niños, ni nada como queríamos. Aun así, el Niño Dios y Babbo Natale encontraron el modo de hacer llegar sus regalos sin entrar en contacto con nosotros, preservando así la magia de la Navidad y evitando nuevos contagios.


Es primavera otra vez, como cuando por vez primera aprendimos el verdadero significado de lockdown y de pandemia. Las campañas de vacunación han iniciado con algunos tropiezos y las nuevas variantes del virus parecen ser de más rápida transmisión, más agresivas y, al menos aquí, ha golpeado sobre todo la población joven.


Después de tres meses, mi suegra y mi esposo siguen con algunos dolores post covid y el virus algo ha dejado en los pulmones. Aun así, dan gracias infinitas de haber sobrevivido para contarlo, pues en media, siguen muriendo 400 personas al día en Italia a causa del covid. 


El 18 de marzo de 2021 conmemoramos por primera vez las víctimas del coronavirus. Aún hay gente escéptica e irresponsable, que no ha entendido que una pandemia no es cuestión de opinión. Por fortuna cada vez son más las personas con tapabocas deseosas de vacunarse. 


El camino aún es largo, pero se puede recorrer. Tal vez observando y aprendiendo de un país como Nueva Zelanda, donde la Primera Ministra y su gabinete han tomado decisiones acertadas en tiempos justos, pero sobre todo, donde la población ha sabido respetar unas pocas reglas, asegurando así índices casi nulos de contagio.


Así como mis hijos creyeron en la magia de la Navidad, yo quiero creer en la magia de la ciencia y quiero creer que las soluciones científicas serán garantizadas también en los países pobres o en guerra. 


Necesito creer que la magia es posible y que gracias a ella vamos a poder ir al parque con el deslizadero amarillo, vamos a regresar a la escuela y vamos a volver a jugar de manera espontánea con los demás niños. 


Me es urgente creer que muy pronto vamos a poder volar en avión hasta Colombia para abrazar a nuestra amada familia, para que mi mamá me peine y yo me sienta de nuevo niña, para que disfrute de los nietos que está viendo crecer a la distancia, para que mis hermanos vayan al zoológico o al teatro o al arenero con los sobrinos, para almorzar cada día en la casa de algún tío y pasar la tarde conversando y riéndonos. 


Añoro comer los chicharrones de Lucina, los dulces de Sara y llevar a los niños a algún restaurante de comida del pacífico, que les encanta. Y visitar con mis hijos los parques, las bibliotecas y ludotecas de la ciudad. Quiero caminar con mi esposo por las calles del centro o entre la vegetación del bosque de Las Hadas y tomar leche recién ordeñada y leer en la hamaca. 


Quiero admirar los guayacanes amarillos y los pájaros del balcón, quiero tomarme un café en Otraparte y recordar las conversaciones que tenía allí con mi tía. Quiero que nos volvamos a abrazar sin miedo, sin asco, sin desconfianza, sin sentimientos de culpa.


Pero, sobre todo, quiero que adquiramos de nuevo el derecho de tomar de la mano a nuestros seres queridos antes de decirles adiós.


Hannalucida

21 marzo de 2021

Cellole, Italia


sábado, 16 de mayo de 2020

NARANJA DULCE, LIMON PARTIDO.

Antes las historias comenzaban con “Había una vez”. Ahora las historias comienzan con “ Día número X de la cuarentena”. Esta por ejemplo comienza en el día 60 de la cuarentena italiana. Me encuentro literalmente escondida en el baño con todo listo para hacerme un pedicure, antes de que alguno de mis pequeños co-inquilinos grite - Mamááá!

Mientras consiento mis pies, hablo con mi primo Pablo para felicitarlo por una entrevista que le hicieron hace poco. Él es un artista de Medellín conocido como Tucuprá, que actualmente vive en Madrid y utiliza un método en sus creaciones musicales llamado sinestesia. Es decir, a través de experiencias sensoriales crea sus melodías. La persona que lo entrevista desde Los Ángeles (USA) le pone como ejemplo al público virtual, el limón. Ella afirma que siendo el limón un fruto que hace pensar en algo amargo y ácido, sus notas no deben ser dominantes. 

A mí me da pena y todo, pero voy a contradecir a la entrevistadora, que de seguro sabe mucho más de arte que yo, pero el limón no es ni ácido ni amargo. El limón tiene el sabor infantil de las rondas con las que los niños de mi generación jugamos felices cantando y girando cogidos de las manos. Una de mis rondas preferidas, porque me la cantaba mi abuelita, dice “naranja dulce, limón partido, dame un abrazo que yo te pido”.

Mis compatriotas saben que en Colombia parte de la experiencia educativa incluye al señor que vende mangos a la salida de la escuela y que grita con una entonación particular 
- Mango viche, viche mangooo!

Entonces los estudiantes conservan algunos pesos para comprar mango verde con sal y limón. Mientras más viche sea el mango y más condimentado esté, pues más guapo es uno. Porque la sal y el limón juntos saben de coraje y le dan carácter al mango verde, que sin ellos sería un simple fruto inmaduro.

Dejo la escuela atrás. En una esquina de La Habana encuentro mi primer mojito. Una combinación perfecta de menta y limón bañados en blanco ron. Unas hojas de menta  y un limón pequeño, redondo, jugoso y verde. Dos ingredientes que se equilibran y se enriquecen el uno con el otro.

Durante mi estadía en La Habana, veo cine al desayuno al almuerzo y a la comida. Luego, bajo el cielo estrellado me reúno en esa esquina con amigos de Centro y Sur América para tomarnos un mojito y hablar de nuestro film favorito del día, de la situación social de nuestra amada América y del continente que soñamos. Porque a 20 años cada limón sabe de juventud, de sueños, de ganas, de orgullo, de amigos, de fantasía, de cine, de esquina.

En este mismo viaje pero en otra esquina, comienza mi aventura italiana. Yo me convierto en menta y él en limón. Nos damos la mano y confiamos el uno en el otro. Con los ojos cerrados saltamos hacia el viejo continente. Desde entonces puedo decir que el amor sabe a limón.

Entonces, finalmente adulta descubro que los limones pueden cambiar de forma, dimensión y color. Aquí por ejemplo son vistosos y amarillos como la gente del sur de Italia. Y es precisamente en el sur donde  todos tienen un olivo y un limón plantado en el propio jardín como símbolo de prosperidad y de identidad. Ambos frutos hacen parte de las raíces ancestrales de la gastronomía, de las relaciones sociales, de las historias que cuentan la belleza del campo, de la vieja vida en vecindad donde pan, dulces, frutas y verduras se compartían con los vecinos.

Los limones han memorizado las canciones de amor que las mujeres cantaban con sus vecinas mientras lavaban las ropas, desgranaban las legumbres y seleccionaban el trigo. También han guardado los secretos de conquista de los hombres dentro a una botella de limoncello (licor de limón). Además, ha tenido la tarea especial de perfumar los dulces y las tortas que acompañan a las familias en los días de fiesta. 

Por eso si pienso al árbol genealógico de mis hijos, lo visualizo con mangos, aguacates, bananos, café, moras, cerezas, duraznos, fresas, olivas y por supuesto con tanto limón. Pues el limón tiene el sabor del pasado, de lo vivido, del recuerdo, de la raíz, de la esencia.

Pero de todos los sabores que tiene este cítrico, el que más me gusta es el de la sonrisa de mis hijos mientras se comen un helado de limón.


Hannalucida
Mayo 2020







martes, 31 de marzo de 2020

ITALIA C E LA FARAI / ITALIA LO LOGRARAS

Creo que era aún noviembre cuando algún noticiero nos informó, en 30 segundos, que de nuevo había una emergencia relacionada con el virus Ébola en algún país de África. Nunca más se sintió hablar de dicha emergencia, nunca se vio a ninguna nación enviar ayudas de algún tipo, nunca más nos detuvimos a pensar en las víctimas del Ébola. 

Tanto no es aquí, tanto no nos afecta directamente, tanto se acercan las fiestas de navidad y todos estamos ocupados haciendo listas de regalo, viendo cómo hacemos para que nos alcance el dinero para dichos regalos, planeando el menú de la cena o buscando una buena excusa para no participar en esa reunión familiar.

Hacia el 20 de diciembre mi esposo debió ir al hospital a causa de una fiebre que no le pasaba y allí le diagnosticaron pulmonía, así que las fiestas las pasamos encerrados en la casa entre remedios y calditos. A mediados de enero una radiografía muestra sus pulmones limpios, sin embargo, la fiebre continúa yendo y viniendo de tanto en tanto, pero el médico dice que está todo bien, que todos en ese periodo están así y bla bla bla. 

Y digo bla bla bla, porque ya la OMS había lanzado la alarma sobre el covid 19, pero los médicos generales no tenían la capacidad de detectar si los síntomas con los cuales se presentaban los pacientes eran una simple gripa, un virus de estación, una pulmonía común o el nuevo y desconocido coronavirus.

En tanto, en China la situación era muy grave, la nación más poblada del mundo se encerró en sus pequeñas casas, detuvieron todas las fábricas, construyeron hospitales en tiempo récord, lloraron en silencio sus muertos. A pesar de lo impactante que era ver en tv una China paralizada, no entendimos la gravedad del asunto. Total, eso pasa por allá en China, pensamos, sin probar la mínima misericordia.

En el pueblo donde vivo, durante las dos primeras semanas de febrero, el 80 % de la población caímos a la cama con fiebre, tos seca y un desaliento pocas veces sentido. Mis hijos tuvieron fiebre alta por 10 días y no se bajaba con nada, a esto se le suma la dificultad para respirar de una de ellos. Pensaron los doctores que era solo una crisis asmática. 

Aunque a mí, el hecho de que contemporáneamente nos enfermáramos todos en el pueblo, que durante el mismo periodo mis hijos y sus compañeros no hubieran podido ir a estudiar y las maestras se encontraran de improviso en escuelas fantasmas, no me parecía tan normal.

Italia cierra las fronteras aéreas con China, pero a la vez le envía un par de aviones con material médico, es decir, intenta evitar el contagio, pero a la vez no le suelta la mano, no la deja sola en una crisis sanitaria así dramática. 

En medio a esta colaboración nos va llegando más información sobre el virus y sus síntomas. Recuerdo que en el grupo de watsapp de las mamàs de la clase de mi hija, advierto - son los mismos síntomas que tienen nuestros hijos.

Obvio que nadie me creyó, pues parte del mundo científico decía que el civid 19 era una gripa un poquito más fuerte, que a los niños no les daba y que mataba solo ancianos que igual se iban a morir con una gripa común. Y nos lo repitieron tanto que hasta yo termine por creerles. 

Termine por pensar que nos tomaban del pelo los del gobierno cuando nos advertían del peligro y nos comenzaron a dictar normas restrictivas. Quién sabe qué negocio hay bajo todo este temor que nos intentan inculcar, pensé.

En Italia aparecen los primeros casos de contagio. Pese a las peticiones múltiples del gobierno, para que toda la UE tome medidas conjuntas para disminuir la difusión y contrarrestar los efectos de la misma, los demás países de la Unión se muestran sordos. Era como si Italia fuera una vieja histérica que exagera y entonces que hartera escucharla.

Los contagios crecieron pese a las medidas tomadas, todas necesarias, pero insuficientes. Tal vez nos faltó ser más conscientes y rigurosos desde el primer día que supimos del virus, tal vez continuamos a ser muy afectuosos, porque nos cuesta renunciar al saludo, al beso, al abrazo, al café en compañía. 

En la misma semana cancelaron el Carnaval de Venecia, cerraron las escuelas, nacieron nuevas zonas rojas y cuando menos pensamos, los noticieros anunciaron que habíamos superado los mil muertos. Miré a mi esposo aterrada y le dije ¡jueputa, ¿a qué horas se murió toda esta gente?!  

Los noticieros hablan por primera vez del incremento anómalo de pulmonía en el país durante el final de diciembre y el inicio de enero notificado por los médicos generales. En otras palabras, se sospecha que el covid 19 haya llegado a Italia en diciembre, aunque los primeros casos acertados los hayamos detectado en febrero. 

En el web viajan teorías de conspiración contra los italianos, contra los chinos, contra los unos y contra los otros. Viajan también curas milagrosas y tantos chistes alegóricos al coronavirus. Mientras la población inunda la red de preguntas y respuestas, el gobierno una vez más pide ayuda a la UE para afrontar juntos una epidemia que está arrasando con el tejido social.

Pero a esa vieja histérica llamada Italia, no la quieren escuchar. El mundo observa en silencio cómo evoluciona la emergencia en China y en Italia. Con un interés menor se observa a un Irán abandonado a su propia suerte y con cierta curiosidad a una Corea que no se deja doblegar. En tanto, nos auto proclamamos zona roja, toda cuanta la península de norte a sur, toda cuanta la botica de Europa se auto somete a la cuarentena. 

Esto significa cancelar del calendario el tradicional almuerzo del domingo, donde se reúnen todas las generaciones de una familia para conversar, compartir y comer y beber hasta el cansancio. 

Se cancelan misas, matrimonios, bautizos y funerales, lo cual en un país tan católico es impensable. 

Se cancela la ida al parque con los niños, las fiestas de cumpleaños, las lecciones de fútbol y de baile. 

Se cancela la pizza del sábado con los amigos, en un país donde las relaciones sociales giran alrededor de la buena mesa. 

Se cancelan las visitas médicas, la terapia de lenguaje y la fisioterapia en el hospital o a domicilio para las personas con necesidades especiales, para aquellas que no pueden salir de la casa o que frecuentan algún centro especializado, por ejemplo, para niños con autismo o personas con parálisis cerebral.

Desaparecen las visitas a nuestros parientes en los hospitales, en las casas para ancianos o en las cárceles. En algunos de estos casos, un teléfono acorta la distancia.

Pero para una familia como la mía, con un pariente en estado vegetal, la nuestra no presencia significa dejarlo sin las palabras, las caricias, la compañía, los cuidados y los estímulos de quien verdaderamente lo ama, dejarlo solo sin haberle podido explicar.  

Se cancelan los mercados callejeros, que son bazares donde la gente se abastece, se encuentra, se divierte. 

Cancelamos también la costumbre de hablar con la gente en la fila del supermercado y en el correo o en la plaza del pueblo. Ahora nos saludamos a distancia, desconfiando, cubiertos, asustados y medio tristes.

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Entonces para sentirnos menos solos, menos tristes y menos inútiles, nos inventamos performances desde nuestras ventanas y balcones. Los niños en toda Italia hacen carteles y pancartas con mensajes de coraje y esperanza. 

Mi hija que pasó sus primeros meses de vida en Terapia Intensiva y que sabe bien lo que significa tener dificultad para respirar, escribe en el revés de un viejo mantel 
ITALIA CE LA FARAI. 

Para sentirnos menos solos, menos tristes y menos inútiles, tratamos de concientizar a los familiares y amigos que tenemos en otros pises sobre la importancia del aislamiento, les suplicamos que no esperen a que los respectivos gobiernos tomen medidas, que no esperen a llegar el muerto mil para reaccionar. 
  
También compramos toda la harina posible y polvo para hornear, porque un verdadero italiano sabe que le bastan harina, agua, sal y polvo para hornear para no pasar hambre, sabe que con estos cuatro ingredientes puede crea mil recetas. 

Entonces hemos hecho pan casero, pizza, tortas, galletas, pasta fresca…De hecho, mientras escribo este párrafo nos llega de contrabando una torta casera que preparo para mis hijos una vecina. No entramos en contacto, ella la apoya en el muro de nuestro jardín y nosotros la recogemos cuando se ha ya alejado.

Esta cuarentena también nos propone nuevos retos. Aquello de la educación a distancia, aquello de la cooperación, aquello de ser responsable de los demás, aquello del sacrificio, aquello de la gratitud.

En el tema educativo, estamos maestros, padres y alumnos improvisando, aprendiendo, enredándonos y encontrando alternativas. 

En cuanto a la cooperación, países como Cuba, China, Rusia, Albania no dudaron en enviar refuerzos a nivel de profesionales de la salud y de material médico. 

Luego se unieron los países que al inicio nos dieron la espalda, pero ya no es tiempo de reproches, más vale tarde que nunca. Ojalá que en el futuro Italia pueda ayudar a otras naciones en dificultad y que la onda de solidaridad siga creciendo.

Pese a las ayudas que llegan, ya superamos los diez mil muertos en un mes y medio. El virus se regó en el mundo entero. 

El Papa Francisco está notablemente triste y preocupado. En su condición de guía espiritual, recurre a una ceremonia de una grande fuerza simbólica, que incluye a las personas de todos los credos y a los ateos. Y la fuerza de esta ceremonia histórica está en las palabras del pontífice, en su oración en silencio en la Piazza di San Pietro vacía y lluviosa, en el sonido de las campanas que se mezcla con el sonido de las sirenas de las ambulancias, pero, sobre todo, en el utilizo del mismo crucifijo que en1592 fue bendecido y utilizado durante otra epidemia con resultados curativos. El Papa fue claro en su discurso, ninguno se salva solo. 

Es el momento del sacrificio y de la responsabilidad. Por eso hoy nos quedamos en la casa, aunque signifique no trabajar y no contar con un sueldo y no saber hasta dónde vamos a aguantar, lo único claro es que si se alarga mucho la cuarentena y se desvanecen esos pocos ahorros, la harina nos salvará. 

Nos quedamos en la casa por la gente que un ahorro no lo tiene y no puede mercar.

Para evitar contagiar y ser contagiados. 

Respetamos la cuarentena en honor a nuestros más de diez mil muertos sin funeral, por sus familiares que lloran en solitario. 

Por las más de doce mil personas curadas. 

Por todo el personal médico y por quienes trabajan limpiando y desinfectando los hospitales. 

Por quienes a pesar del peligro van a trabajar para que no nos falten los servicios esenciales. 

Nos quedamos en la casa porque ahora sabemos que los niños también se contagian y enferman en modo grave. 

Por las mujeres embarazadas que tienen coronavirus y han dado o darán a luz. 

Porque no queremos perder a nuestros viejos que además de ser nuestros padres y abuelos, son la memoria de una sociedad.

Respetamos la cuarentena por todos los voluntarios que se siguen haciendo cargo de los más necesitados. 

Por los países amigos que nos dan una mano, por aquellos que comienzan a despertar en una realidad trágica y por las naciones que no tienen ni recursos ni buenos amigos para resolver la crisis.  

Nos quedamos en la casa por ustedes y por nosotros.

Hannalucida

Cellole, Italia. 
Abril 1 de 2020