sábado, 16 de mayo de 2020

NARANJA DULCE, LIMON PARTIDO.

Antes las historias comenzaban con “Había una vez”. Ahora las historias comienzan con “ Día número X de la cuarentena”. Esta por ejemplo comienza en el día 60 de la cuarentena italiana. Me encuentro literalmente escondida en el baño con todo listo para hacerme un pedicure, antes de que alguno de mis pequeños co-inquilinos grite - Mamááá!

Mientras consiento mis pies, hablo con mi primo Pablo para felicitarlo por una entrevista que le hicieron hace poco. Él es un artista de Medellín conocido como Tucuprá, que actualmente vive en Madrid y utiliza un método en sus creaciones musicales llamado sinestesia. Es decir, a través de experiencias sensoriales crea sus melodías. La persona que lo entrevista desde Los Ángeles (USA) le pone como ejemplo al público virtual, el limón. Ella afirma que siendo el limón un fruto que hace pensar en algo amargo y ácido, sus notas no deben ser dominantes. 

A mí me da pena y todo, pero voy a contradecir a la entrevistadora, que de seguro sabe mucho más de arte que yo, pero el limón no es ni ácido ni amargo. El limón tiene el sabor infantil de las rondas con las que los niños de mi generación jugamos felices cantando y girando cogidos de las manos. Una de mis rondas preferidas, porque me la cantaba mi abuelita, dice “naranja dulce, limón partido, dame un abrazo que yo te pido”.

Mis compatriotas saben que en Colombia parte de la experiencia educativa incluye al señor que vende mangos a la salida de la escuela y que grita con una entonación particular 
- Mango viche, viche mangooo!

Entonces los estudiantes conservan algunos pesos para comprar mango verde con sal y limón. Mientras más viche sea el mango y más condimentado esté, pues más guapo es uno. Porque la sal y el limón juntos saben de coraje y le dan carácter al mango verde, que sin ellos sería un simple fruto inmaduro.

Dejo la escuela atrás. En una esquina de La Habana encuentro mi primer mojito. Una combinación perfecta de menta y limón bañados en blanco ron. Unas hojas de menta  y un limón pequeño, redondo, jugoso y verde. Dos ingredientes que se equilibran y se enriquecen el uno con el otro.

Durante mi estadía en La Habana, veo cine al desayuno al almuerzo y a la comida. Luego, bajo el cielo estrellado me reúno en esa esquina con amigos de Centro y Sur América para tomarnos un mojito y hablar de nuestro film favorito del día, de la situación social de nuestra amada América y del continente que soñamos. Porque a 20 años cada limón sabe de juventud, de sueños, de ganas, de orgullo, de amigos, de fantasía, de cine, de esquina.

En este mismo viaje pero en otra esquina, comienza mi aventura italiana. Yo me convierto en menta y él en limón. Nos damos la mano y confiamos el uno en el otro. Con los ojos cerrados saltamos hacia el viejo continente. Desde entonces puedo decir que el amor sabe a limón.

Entonces, finalmente adulta descubro que los limones pueden cambiar de forma, dimensión y color. Aquí por ejemplo son vistosos y amarillos como la gente del sur de Italia. Y es precisamente en el sur donde  todos tienen un olivo y un limón plantado en el propio jardín como símbolo de prosperidad y de identidad. Ambos frutos hacen parte de las raíces ancestrales de la gastronomía, de las relaciones sociales, de las historias que cuentan la belleza del campo, de la vieja vida en vecindad donde pan, dulces, frutas y verduras se compartían con los vecinos.

Los limones han memorizado las canciones de amor que las mujeres cantaban con sus vecinas mientras lavaban las ropas, desgranaban las legumbres y seleccionaban el trigo. También han guardado los secretos de conquista de los hombres dentro a una botella de limoncello (licor de limón). Además, ha tenido la tarea especial de perfumar los dulces y las tortas que acompañan a las familias en los días de fiesta. 

Por eso si pienso al árbol genealógico de mis hijos, lo visualizo con mangos, aguacates, bananos, café, moras, cerezas, duraznos, fresas, olivas y por supuesto con tanto limón. Pues el limón tiene el sabor del pasado, de lo vivido, del recuerdo, de la raíz, de la esencia.

Pero de todos los sabores que tiene este cítrico, el que más me gusta es el de la sonrisa de mis hijos mientras se comen un helado de limón.


Hannalucida
Mayo 2020







martes, 31 de marzo de 2020

ITALIA C E LA FARAI / ITALIA LO LOGRARAS

Creo que era aún noviembre cuando algún noticiero nos informó, en 30 segundos, que de nuevo había una emergencia relacionada con el virus Ébola en algún país de África. Nunca más se sintió hablar de dicha emergencia, nunca se vio a ninguna nación enviar ayudas de algún tipo, nunca más nos detuvimos a pensar en las víctimas del Ébola. 

Tanto no es aquí, tanto no nos afecta directamente, tanto se acercan las fiestas de navidad y todos estamos ocupados haciendo listas de regalo, viendo cómo hacemos para que nos alcance el dinero para dichos regalos, planeando el menú de la cena o buscando una buena excusa para no participar en esa reunión familiar.

Hacia el 20 de diciembre mi esposo debió ir al hospital a causa de una fiebre que no le pasaba y allí le diagnosticaron pulmonía, así que las fiestas las pasamos encerrados en la casa entre remedios y calditos. A mediados de enero una radiografía muestra sus pulmones limpios, sin embargo, la fiebre continúa yendo y viniendo de tanto en tanto, pero el médico dice que está todo bien, que todos en ese periodo están así y bla bla bla. 

Y digo bla bla bla, porque ya la OMS había lanzado la alarma sobre el covid 19, pero los médicos generales no tenían la capacidad de detectar si los síntomas con los cuales se presentaban los pacientes eran una simple gripa, un virus de estación, una pulmonía común o el nuevo y desconocido coronavirus.

En tanto, en China la situación era muy grave, la nación más poblada del mundo se encerró en sus pequeñas casas, detuvieron todas las fábricas, construyeron hospitales en tiempo récord, lloraron en silencio sus muertos. A pesar de lo impactante que era ver en tv una China paralizada, no entendimos la gravedad del asunto. Total, eso pasa por allá en China, pensamos, sin probar la mínima misericordia.

En el pueblo donde vivo, durante las dos primeras semanas de febrero, el 80 % de la población caímos a la cama con fiebre, tos seca y un desaliento pocas veces sentido. Mis hijos tuvieron fiebre alta por 10 días y no se bajaba con nada, a esto se le suma la dificultad para respirar de una de ellos. Pensaron los doctores que era solo una crisis asmática. 

Aunque a mí, el hecho de que contemporáneamente nos enfermáramos todos en el pueblo, que durante el mismo periodo mis hijos y sus compañeros no hubieran podido ir a estudiar y las maestras se encontraran de improviso en escuelas fantasmas, no me parecía tan normal.

Italia cierra las fronteras aéreas con China, pero a la vez le envía un par de aviones con material médico, es decir, intenta evitar el contagio, pero a la vez no le suelta la mano, no la deja sola en una crisis sanitaria así dramática. 

En medio a esta colaboración nos va llegando más información sobre el virus y sus síntomas. Recuerdo que en el grupo de watsapp de las mamàs de la clase de mi hija, advierto - son los mismos síntomas que tienen nuestros hijos.

Obvio que nadie me creyó, pues parte del mundo científico decía que el civid 19 era una gripa un poquito más fuerte, que a los niños no les daba y que mataba solo ancianos que igual se iban a morir con una gripa común. Y nos lo repitieron tanto que hasta yo termine por creerles. 

Termine por pensar que nos tomaban del pelo los del gobierno cuando nos advertían del peligro y nos comenzaron a dictar normas restrictivas. Quién sabe qué negocio hay bajo todo este temor que nos intentan inculcar, pensé.

En Italia aparecen los primeros casos de contagio. Pese a las peticiones múltiples del gobierno, para que toda la UE tome medidas conjuntas para disminuir la difusión y contrarrestar los efectos de la misma, los demás países de la Unión se muestran sordos. Era como si Italia fuera una vieja histérica que exagera y entonces que hartera escucharla.

Los contagios crecieron pese a las medidas tomadas, todas necesarias, pero insuficientes. Tal vez nos faltó ser más conscientes y rigurosos desde el primer día que supimos del virus, tal vez continuamos a ser muy afectuosos, porque nos cuesta renunciar al saludo, al beso, al abrazo, al café en compañía. 

En la misma semana cancelaron el Carnaval de Venecia, cerraron las escuelas, nacieron nuevas zonas rojas y cuando menos pensamos, los noticieros anunciaron que habíamos superado los mil muertos. Miré a mi esposo aterrada y le dije ¡jueputa, ¿a qué horas se murió toda esta gente?!  

Los noticieros hablan por primera vez del incremento anómalo de pulmonía en el país durante el final de diciembre y el inicio de enero notificado por los médicos generales. En otras palabras, se sospecha que el covid 19 haya llegado a Italia en diciembre, aunque los primeros casos acertados los hayamos detectado en febrero. 

En el web viajan teorías de conspiración contra los italianos, contra los chinos, contra los unos y contra los otros. Viajan también curas milagrosas y tantos chistes alegóricos al coronavirus. Mientras la población inunda la red de preguntas y respuestas, el gobierno una vez más pide ayuda a la UE para afrontar juntos una epidemia que está arrasando con el tejido social.

Pero a esa vieja histérica llamada Italia, no la quieren escuchar. El mundo observa en silencio cómo evoluciona la emergencia en China y en Italia. Con un interés menor se observa a un Irán abandonado a su propia suerte y con cierta curiosidad a una Corea que no se deja doblegar. En tanto, nos auto proclamamos zona roja, toda cuanta la península de norte a sur, toda cuanta la botica de Europa se auto somete a la cuarentena. 

Esto significa cancelar del calendario el tradicional almuerzo del domingo, donde se reúnen todas las generaciones de una familia para conversar, compartir y comer y beber hasta el cansancio. 

Se cancelan misas, matrimonios, bautizos y funerales, lo cual en un país tan católico es impensable. 

Se cancela la ida al parque con los niños, las fiestas de cumpleaños, las lecciones de fútbol y de baile. 

Se cancela la pizza del sábado con los amigos, en un país donde las relaciones sociales giran alrededor de la buena mesa. 

Se cancelan las visitas médicas, la terapia de lenguaje y la fisioterapia en el hospital o a domicilio para las personas con necesidades especiales, para aquellas que no pueden salir de la casa o que frecuentan algún centro especializado, por ejemplo, para niños con autismo o personas con parálisis cerebral.

Desaparecen las visitas a nuestros parientes en los hospitales, en las casas para ancianos o en las cárceles. En algunos de estos casos, un teléfono acorta la distancia.

Pero para una familia como la mía, con un pariente en estado vegetal, la nuestra no presencia significa dejarlo sin las palabras, las caricias, la compañía, los cuidados y los estímulos de quien verdaderamente lo ama, dejarlo solo sin haberle podido explicar.  

Se cancelan los mercados callejeros, que son bazares donde la gente se abastece, se encuentra, se divierte. 

Cancelamos también la costumbre de hablar con la gente en la fila del supermercado y en el correo o en la plaza del pueblo. Ahora nos saludamos a distancia, desconfiando, cubiertos, asustados y medio tristes.

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Entonces para sentirnos menos solos, menos tristes y menos inútiles, nos inventamos performances desde nuestras ventanas y balcones. Los niños en toda Italia hacen carteles y pancartas con mensajes de coraje y esperanza. 

Mi hija que pasó sus primeros meses de vida en Terapia Intensiva y que sabe bien lo que significa tener dificultad para respirar, escribe en el revés de un viejo mantel 
ITALIA CE LA FARAI. 

Para sentirnos menos solos, menos tristes y menos inútiles, tratamos de concientizar a los familiares y amigos que tenemos en otros pises sobre la importancia del aislamiento, les suplicamos que no esperen a que los respectivos gobiernos tomen medidas, que no esperen a llegar el muerto mil para reaccionar. 
  
También compramos toda la harina posible y polvo para hornear, porque un verdadero italiano sabe que le bastan harina, agua, sal y polvo para hornear para no pasar hambre, sabe que con estos cuatro ingredientes puede crea mil recetas. 

Entonces hemos hecho pan casero, pizza, tortas, galletas, pasta fresca…De hecho, mientras escribo este párrafo nos llega de contrabando una torta casera que preparo para mis hijos una vecina. No entramos en contacto, ella la apoya en el muro de nuestro jardín y nosotros la recogemos cuando se ha ya alejado.

Esta cuarentena también nos propone nuevos retos. Aquello de la educación a distancia, aquello de la cooperación, aquello de ser responsable de los demás, aquello del sacrificio, aquello de la gratitud.

En el tema educativo, estamos maestros, padres y alumnos improvisando, aprendiendo, enredándonos y encontrando alternativas. 

En cuanto a la cooperación, países como Cuba, China, Rusia, Albania no dudaron en enviar refuerzos a nivel de profesionales de la salud y de material médico. 

Luego se unieron los países que al inicio nos dieron la espalda, pero ya no es tiempo de reproches, más vale tarde que nunca. Ojalá que en el futuro Italia pueda ayudar a otras naciones en dificultad y que la onda de solidaridad siga creciendo.

Pese a las ayudas que llegan, ya superamos los diez mil muertos en un mes y medio. El virus se regó en el mundo entero. 

El Papa Francisco está notablemente triste y preocupado. En su condición de guía espiritual, recurre a una ceremonia de una grande fuerza simbólica, que incluye a las personas de todos los credos y a los ateos. Y la fuerza de esta ceremonia histórica está en las palabras del pontífice, en su oración en silencio en la Piazza di San Pietro vacía y lluviosa, en el sonido de las campanas que se mezcla con el sonido de las sirenas de las ambulancias, pero, sobre todo, en el utilizo del mismo crucifijo que en1592 fue bendecido y utilizado durante otra epidemia con resultados curativos. El Papa fue claro en su discurso, ninguno se salva solo. 

Es el momento del sacrificio y de la responsabilidad. Por eso hoy nos quedamos en la casa, aunque signifique no trabajar y no contar con un sueldo y no saber hasta dónde vamos a aguantar, lo único claro es que si se alarga mucho la cuarentena y se desvanecen esos pocos ahorros, la harina nos salvará. 

Nos quedamos en la casa por la gente que un ahorro no lo tiene y no puede mercar.

Para evitar contagiar y ser contagiados. 

Respetamos la cuarentena en honor a nuestros más de diez mil muertos sin funeral, por sus familiares que lloran en solitario. 

Por las más de doce mil personas curadas. 

Por todo el personal médico y por quienes trabajan limpiando y desinfectando los hospitales. 

Por quienes a pesar del peligro van a trabajar para que no nos falten los servicios esenciales. 

Nos quedamos en la casa porque ahora sabemos que los niños también se contagian y enferman en modo grave. 

Por las mujeres embarazadas que tienen coronavirus y han dado o darán a luz. 

Porque no queremos perder a nuestros viejos que además de ser nuestros padres y abuelos, son la memoria de una sociedad.

Respetamos la cuarentena por todos los voluntarios que se siguen haciendo cargo de los más necesitados. 

Por los países amigos que nos dan una mano, por aquellos que comienzan a despertar en una realidad trágica y por las naciones que no tienen ni recursos ni buenos amigos para resolver la crisis.  

Nos quedamos en la casa por ustedes y por nosotros.

Hannalucida

Cellole, Italia. 
Abril 1 de 2020
  



     

miércoles, 1 de agosto de 2018

PAISA SÍ, PERO NO TANTO



Mi bisabuela tuvo 12 hijos, mi abuela 6, mi mamá 3 y yo voy en 1 y medio. 
Vivo en una de Las Torres de Bomboná con Cristian, un ingeniero de 42 años que viene siendo algo así como mi esposo. Digo algo así, porque ningún cura ni ningún juez nos casó. Nosotros nos juramos amor eterno frente al mar de Coveñas, intercambiamos anillos y ya. Desde entonces somos una familia feliz.
Tenemos una hija de 5 años llamada Carmencita y hace un par de horas mi marido me ha dejado preñada, mientras celebrábamos la clasificación de Colombia a los octavos de final.
En mi casa el chef es Cristian, a mí me queda maluco hasta el café. Desde que nació Carmencita no volvimos a comer ni pollo, ni carne, ni chicharrón. A ella le gustan las verduras, el pescado, los camarones y las almejas. Y claro, como es la princesa del papá, pues le da gusto en cada cena, así se gaste la mitad del salario en los ingredientes.
Carmencita cuando sea grande va a ser politóloga, creo yo. Un día la encuentro viendo las noticias y me dice preocupada:
-Mamá, ¿entonces todos los políticos son cretinos?
-No mija, algunos son buenos.
_Mamá, ¿tú sabes por qué el presidente de Estados Unidos se llama Donald Trump?
-No mija, no sé.
-Se llama así por que es un tramposo. Entiendes? Donald Tramp…tramposo.  Los políticos que hacen trampa son cretinos.





Otro día nos fuimos para Manrique, donde mi suegra, a ver la inauguración del Mundial de Rusia. Como en todo barrio popular que se respete, las señoras hicimos empanadas (de sólo papa las de Carmencita), los señores hicieron vaca pal' trago. Los niños de la cuadra se sentaron en primera fila, en el piso, y los adultos atrás como pudimos. Y cuando se termino la ceremonia e iba a comenzar el partido Rusia vs Arabia, mi hija se para delante de la TV y dice con gran seriedad:
  -En este mundial va a perder África, por que es pobre.
Todos se voltean a mirarme como si fuera culpa mía que ella sea así. Tímidamente le explico que lo que califican en este juego no es la riqueza, sino la destreza. Pero ella mantiene su posición.
-Van a ganar los países ricos de Europa, no los pobres de África, aunque les califiquen la destreza.
Carmencita también es buena adivinando los resultados de los partidos, a tal punto que algunos de nuestros vecinos la llaman para las pollas. Ella les cobra mil pesos por adivinar y siempre atina.
Ojalá mi marido también haya atinado y me de la Y que necesito para darle un hijo macho. Si es niño le pongo Chicharito o Cristianosky en honor al mundial que hizo posible este embarazo.
Si es niña, en cambio…
…Si es niña, se los cuento en el próximo cuento.



Hannalucida
Julio, 2018


viernes, 23 de febrero de 2018

GUAYACÁN AMARILLO

A lo lejos se siente un tren. Es el tren de las cuatro. El tren en el cual viaja el poeta. 

El poeta entra a la casa con su maleta en una mano y una caja de regalo en la otra. Apoya todo en el piso y me mira con desconsuelo preguntándose por qué estoy así.

Mi suelo parece un desierto. Mis ramas se han despojado de su belleza. Mis raíces tienen sed. Hace tres meses no llueve. 

El poeta hurga entre sus cosas, seguro de encontrar en su maleta algún ungüento mágico para remediar mi mal. Tira afuera una aspirina, dos preservativos, cuatro mentas, una taza de café aún humeante, tres cigarrillos, un encendedor, una libreta de apuntes, un bolígrafo de tinta negra y uno de tinta azul, un diccionario de viaje, dos libros de bolsillo, cuatro monedas de cien y una de doscientos, la fotografía de una fulana, un papelito con un numero de teléfono escrito en rojo y, en fin, el billete del tren.

Desesperado se pone las manos en la cabeza como buscando entre sus cabellos cualquier idea. Toma un sorbo de café, enciende un cigarrillo y se recuesta en el marco de la puerta para pensar. Y entonces llega la gran idea.

Titubeando abre la caja de regalo que le había comprado a su amigo el pintor. Bueno, solo al inicio, porque luego le coge gusto y la abre como si fuera un acto liberador. 

En la paleta pone varios tonos de azul y de verde y dibuja a mis espaldas una cascada que desemboca en una piscina natural. Al rededor dibuja algo de vegetación. Poco a poco mis raíces sienten el fresco sabor del agua. 

Apenas alivio mi sed, el poeta retoca mis ramas con el marrón y en algunas de ellas, con el pincel mas delgado escribe en color plateado estas palabras: amor, armonía, amistad, belleza, creatividad, conocimiento.

Toma otro poco de café, enciende otro cigarrillo. Se aleja para verme en perspectiva…sonríe.

Cambia de nuevo pincel para dibujar una a una todas mis flores, hasta crear una hermosa cabellera amarilla. Este ejercicio le toma mucho tiempo, pues se dedica a los más mínimos detalles. 

Le viene hambre. Dibuja un sandwich y se lo come. Toma agua de la cascada, es fresca y limpia. Termina la taza de café. Camina a mi alrededor escrutando todo mi ser. El poeta piensa que aún le falta una palabra a su obra.    

Entonces comienza a posar sus pájaros azules sobre mis ramas.  Algunos se esconden entre mis flores. Otros parados al borde de una rama prefieren cantar. El poeta encantado por la música cierra los ojos y se relaja. Uno de los pájaros azules se para en su hombro y le susurra al oído: “la palabra que te hace falta es la palabra LIBERTAD”.


Entonces el poeta abre los ojos y se echa a volar. 


Hannalucida
Febrero 23 de 2018

jueves, 22 de febrero de 2018

CALDO DE PESCADO


Mientras cocino un caldo de pescado en leche de coco, el pescado me sugiere que a aquel hombre tal vez no le gusto tanto como dice.

-En la primera cita ya se ha dado por vencido- dice el pescado y sugiriendo de agregar un poco de picante al caldo, continua- no te ha besado, no te propone tener algo. Se ha despedido diciendo, verdad que no va ha pasar nada?

Y yo pendeja, fiel a mis principios y medio tartamuda le respondí esa noche al hombre- no eres tu…soy yo…es que…ya sabes…

El pescado interrumpe mi sentido de culpa- si le interesabas realmente, te tenia que proponer echar al otro para quedarte con él.  

Los camarones me recuerdan que ya ha pasado una década de aquel encuentro. Los plátanos subrayan que en estos años he tenido un sin número de novios, pero ninguna historia importante. El pescado recalca el hecho de que aquel hombre ha continuado a viajar por el mundo entero vendiendo sus mangos, mientras yo…

Yo sigo aquí cocinando caldo de pescado para los enamorados. porque este no es un caldo cualquiera. Este caldo ayuda a calentar los corazones que con la rutina se han enfriado. Este caldo ayuda a fecundar hasta el vientre mas estéril. Este caldo pone a la gente bonita, de buen humor y la hace sentir deseable.

En estos diez años nos hemos vuelto a ver pocas veces. Un día por ejemplo apareció al improviso con su guitarra, se sentó en el tronco que uso como butaca y comenzó a cantar Me voy para Mayari y luego otras canciones de las de Bella Vista. Yo estaba llena de clientes a esa hora y de trabajo, pero dentro de mi sentía que estábamos solos, plácidamente solos. 

En otra ocasión, me fui para  Santa Cruz, un pueblo a unas dos horas de aquí. Como está mas cerca de la montaña que del mar, encuentro mejores hortalizas. Esa mañana me puse un vestido corto y vaporoso de flores, por que me levanté con su recuerdo y el recuerdo que tengo de él perfuma de flores silvestres. 

En el mercado de las hortalizas no cabe un alma, parece como si la humanidad entera se hubiera volcado allí para saciar el hambre. Y en medio a este hervidero humano, siento unas manos que me halan por la cintura. Me giro. Es él. Nos perdemos en la mirada del otro y lentamente nos abrazamos en silencio. 

Mientras le agrego el limón al caldo, el pescado continua metiendo cizaña y yo me le como el cuento y me enojo. El arroz con chipi chipi canta “el cariño que te tengo no te lo puedo negar, se me sale la babita no lo puedo evitar”, y luego se ríe de mi. Entonces lloro.


Me siento llamar de la mesa numero 4. Me lavo las manos, me seco los ojos y me dirijo hacia ella, pero la pareja que allí almorzaba ya no está. Sin embargo sobre la mesa encuentro una canasta llena de mangos y un pedazo de papel que dice “Los pescados son malos consejeros y el ego también. Quizás te amo tanto que no quiero ser otro ex. Quiero ser siempre tu alma gemela, aunque no pueda tener acceso a tu piel”.

Hannalucida
febrero 22 de 2018

jueves, 12 de octubre de 2017

IL CAMMINO DELLA SPERANZA

Di sogni ne ho tanti nel cassetto, sotto il letto, dietro la porta, sul divano, dentro il frigo, appesi al soffitto. Vorrei pubblicare i miei scritti, tornare a lavorare, imparare una nuova lingua, diventare brava a ballare, vincere la paura di andare in bici, viaggiare, viaggiare e viaggiare…

…Ma c’e un sogno che alberga in me, da prima che io nascessi. Non è un sogno intimo né personale, al contrario credo e mi auguro sia un sogno collettivo. Il sogno che ogni volta urla con più forza dentro di me è “una Colombia in pace”. Per chi non conoce la storia della mia patria può sembrare banale e per chi la storia la conoce bene può sembrare utopico.

Scusate, io parlo e parlo e ancora non mi sono presentata. Piacere, sono la figlia di Marta la maestra, si proprio quella che dentro e fuori della scuola lavora sempre per aiutare i più bisognosi. Mio padre, invece, si chiamava Pedro e dico si chiamava perché sono orfana di padre, anzi, sono orfana di una guerra che da 50 anni flagella la Colombia. Pedro faceva il militare. Una mattina i miei fratelli e io lo abbiamo abbracciato per le gambe, nessuno di noi arrivava al metro d’altezza. Abbiamo pregato il babbo di non andare via. Lui promise a mia madre che quella sarebbe stata l’ultima missione, le comunica che vuole lasciare l’esercito per godersi la famiglia e perché  stanco di lottare per una guerra senza senso. Quello stesso giorno muore.

Io lavoro come mamma h24, ho due figli e insieme a mio marito siamo quello che chiamano coppia mista, anche se io preferisco il termine famiglia multi culturale.

Figurati che un giorno, mentre guardavo le olimpiadi con mia figlia, pensavo come questi giochi ti diano il senso di un mondo in fratellanza. Ma una volta finite le olimpiadi, il mondo torna a essere quel posto interessante, ma pieno di barriere tra i popoli. Io rimuginavo su queste cose mentre mia figlia, seguendo una gara di ciclismo, tifava per gli atleti delle sue due patrie. Lei ha tre anni e un modo tutto suo di vedere le cose. Quel giorno, dopo diverse medaglie vinte da entrambe le squadre, decidemmo che dovevamo festeggiare con una torta.

Qualche tempo dopo, il mondo si sveglia con due notizie straordinarie che riguardano ambe patrie dei miei figli. Da questo lato dell’oceano, la terra trema con furia nel centro Italia. La più grande preoccupazione di mia figlia è: “con che cosa giocheranno quei bimbi che hanno perso tutto?” Nel suo grande cuore incontra la soluzione.

Juanita - Ho una idea! Condividiamo i miei giocattoli con i bimbi che sono rimasti senza casa.

Io - Ottima idea!

Juanita corre nella sua stanza e prende il suo giocattolo preferito. Pensate la grandezza del gesto. Non ha scelto un giocattolo vecchio, rotto, senza batterie, né quello con cui non gioca mai, ma ha scelto il suo preferito per donarlo a bimbi che nemmeno conosce. In più lo pettina,  gli lava i denti e chiede una scatola con fiocco per inviare questo bel regalo ai bambini e renderli felici. Disegna dei pacchetti regalo su fogli di carta e li lancia dal balcone nella speranza che il vento li porti ai  bimbi che sono rimasti senza casa.

L’ atteggiamento di Juanita, mi fa pensare al potere di guarigione che hanno le parole: scritte, cantate o nel caso di mia figlia la parola disegnata. A tal proposito, evoco il Festival Internazionale di Poesia di Medellin, perchè all’epoca del narcotraffico, quando vigeva il divieto di frequentare certi posti o uscire a certe ore, gli organizzatori del festival, attraverso  i recital , hanno dato l’opportunità al popolo di riappropriasi delle loro piazze e godere delle loro città. Giuro che ogni parola di ogni poeta ha fatto per anni, risvegliare in me la speranza di pace.

La mattina del terremoto, nell’altro capo dell’oceano, dopo mezzo secolo di guerra viene firmato un accordo di pace tra gli esponenti delle Farc e il governo Colombiano. Il popolo è chiamato alle urne il 2 ottobre, per votare il referendum che convalida l’accordo.  Sebbene non tutti siano favorevoli all’accordo di pace, l’intero processo è stato sostenuto nel tempo, in maggioranza dalle vittime del conflitto. Nel mio vissuto ho imparato che le guerre lasciano solo miseria economica e morale. E poi, mia figlia con il suo grande cuore, mi ha insegnato che per risolvere i problemi prima si chiede scusa e poi il permesso. E’ proprio questo che vorrei. Che noi colombiani chiedessimo perdono per gli errori commessi e il permesso per scrivere una nuova storia.

Per me è importante che i miei figli conoscano la storia delle loro patrie, e per questo racconto loro perché vado a votare: 

“c’era una volta un paese chiamato Colombia, dove i contadini erano molto tristi perché  non avevano una terra sulla quale coltivare le patate, le cipolle, le…”

Juanita - Le carote!

“…le carote. I contadini hanno protestato per avere un pò di terra ma i governanti non li hanno ascoltati,non hanno parlato con loro, hanno solo cominciato a urlare. Anche i contadini arrabbiati hanno incominciato urlare e nessuno dei due interlocutori ascoltava le ragioni dell’altro per trovare insieme una soluzione. Poi sono arrivati i poliziotti, ma anche loro senza ascoltare hanno cominciato a urlare. Quindi sono arrivati degli imprenditori che hanno delle fabbriche per fare con le patate il purè e con le cipolle la zuppa e con le carote la torta…

…ma anche loro hanno urlato senza ascoltare e così tutti quelli che arrivavano urlavano senza ascoltare, invece di trovare una soluzione ogni volta si arrabbiavano di più, al punto da picchiarsi. Tutte queste persone hanno litigato per 50 anni…”

Juanita guarda in alto, prova a immaginare quanti anni sono 50, poi mi guarda e dice “ meglio se contiamo fino a otto”.

“…queste persone hanno litigato per otto anni, fin quando un giorno si sono seduti a dialogare per provare a trovare insieme una soluzione . Tutti hanno preparato qualcosa da mangiare e intorno al tavolo hanno discusso sulle possibili soluzioni. Prima hanno trovato la radice del problema, la mancanza di terra. Così il governo promise un pezzo di terra a ogni contadino purché coltivassero frutta e verdura, gli imprenditori avrebbero comprato dai contadini la frutta e la verdura per trasformarla in zuppe, pure, torte…i  poliziotti  avrebbero protetto tutti. L’accordo è stato messo per iscritto, affinché nessuno dimentichi gli impegni assunti per mantenere la pace.

Adesso tutti i colombiani possono votare, scrivendo in un pezzetto di carta “Si” se accettano questo accordo di pace, oppure “No” se pensano che ci sia un’altra soluzione. Poi mettono il pezzetto di carta scritto in una scatola attraverso un buco. Io scrivo “Si”.

Juanita si emoziona e con gli occhi pieni d’illusioni  mi dice:

Juanita: E io scrivo un “Si” gigante accanto al tuo per aiutare a fare la pace!

Purtroppo ha vinto il “NO” per un 1% di margine, ma a Juanita ho detto una dolce bugia e lei ha preparato una torta per festeggiare questa finta vittoria. Io invece ho quasi pianto nel vedere sfuggire questa occasione. 

Due giorni dopo, accade l’inaspettato. Il presidente della Repubblica Colombiana riceve il Premio Nobel per la Pace, in nome del popolo colombiano e delle vittime di guerra. Papa Francesco parla con quelli del “SI” per incoraggiarli a non lasciare la strada della pace e con quelli del “No” per invitarli a lasciare da parte l’orgoglio  e non ostacolare così l’accordo. Tutti si sono seduti di nuovo intorno ad un tavolo raggiungendo un nuovo accordo. 

Adesso la pace, con la sua riforma agraria, con la riparazione dei danni subiti per le vittime, l’inserimento nella società degli ex guerriglieri, con la fratellanza tra il popolo deve passare dalla carta alla vita di tutti i giorni. Oggi più che mai ho la certezza che il processo di pace sia un cammino possibile. Credo in una nuova storia scritta con il cuore e la sapienza dei bambini ed immagino mio padre che sorride da lassù.


Hannalucida
Ottobre, 2017
     






jueves, 14 de septiembre de 2017

CARTA PARA EL CONSUL

Escribo la presente con la esperanza que la Embajada de Colombia en Italia, representada por el cònsul Beatriz Helena Calvo Villegas, tome cartas en un asunto que me llena de indignación.

Resulta que al regresar caminando del supermercado en compañía de mis hijos, veo en una vitrina un maniquí con un saco que dice “NARCOS”. Inicialmente pienso que me equivoqué al leer, tal vez dice MARCOS. Entonces me detengo incrédula de lo que ven mis ojos. El maniquí tiene un saco que dice “ NARCOS, PLATA O PLOMO”. Todo en la vitrina hace alusión al tema del narcotráfico.

Yo quedo sin respiro. Mis hijos aún no saben leer porque son pequeños, pero se dan cuenta que algo me disturba y se preocupan. Les explico que ese saco tiene una frase ofensiva y que no me gusta. Una vez en la casa le cuento a mi marido lo sucedido y él tímidamente dice “tal vez es por la serie de televisión Narcos”.

Tal vez se refiere a esa serie, pero yo no soy tan básica como para darle la culpa a la producción del programa. Pues si a eso vamos, el año pasado en un canal trasmitían Narcos, programa que da cuenta de la cultura mafiosa colombiana; y en otro Gomorra, una serie sobre la camorra que es una de las mafias italianas.  Sin embargo, yo ni he visto ni creo que esté permitido la venta de camisetas que digan “VIVA LA CAMORRA”.




Lo que me indigna es que la marca de ropa y accesorios que diseña y vende estas cosas, está haciendo apología al delito, está legitimando una cultura de ilegalidad y haciendo creer que es “figo” aquello de plata o plomo. 

Pues le cuento al dueño del almacén, que seguramente en buena fe y en modo honrado vende la ropa; le cuento a las señoras que atienden el negocio; le cuento al diseñador de esta linea de ropa; le cuento a la señora Cónsul y a quien le pueda interesar, que la cultura del narcotráfico no es una figada, no tiene nada de bacano lo que nos pasó en Colombia durante los años duros del narcotráfico ni son una nota las secuelas que dejó.




Yo era una niña, pero me acuerdo que en más de una ocasión llamamos a la policía para avisarles que había algún carro sospechoso parqueado desde hace rato en la calle que en esa época conectaba nuestro barrio con la autopista. Unas veces era un carro bomba y otras un muerto dentro del carro.

Recuerdo una generación de hijos de “buena familia” desaparecida, perdida, desperdiciada. Recuerdo la nube de humo de la bomba de La Macarena. Recuerdo defensores de derechos humanos y líderes políticos y comunitarios exterminados. Recuerdo periodistas callados a tiros. Recuerdo que la vida de un policía valía un yoyo y que nadie quería tener un CAI cerca a la casa. Recuerdo los toques de queda.

Recuerdo que creciendo conocí a otros hijos de familias pobres que viven en los barrios populares del otro lado del río. Sus familias ganaron mucha plata trabajando en las cocinas de los narcos. Pero a distancia de años una de esas jóvenes me dice “ eso no valió la pena, al final nos quedamos sin familia y sin plata. Yo me salvé  porque me escondí…de mi familia quedamos solo nosotros tres”.

Esto es solo la punta de lo que le pasó a Colombia cuando le estrechó la mano a la cultura mafiosa y se dejó corromper. Repito, no le doy culpa a la serie de televisión, es más, es un bien que la televisión, el cine y la literatura nos refresquen la memoria y den cuenta de los diversos fragmentos que componen nuestra historia llena de esperanzas y de dolores.  

Sin embargo, espero que no sea lícito poner de moda en las vitrinas de Italia o de cualquier otro lugar del mundo a los NARCOS. Y sobre todo espero que la Embajada de Colombia se pronuncie al respecto.





Hannalucida
Septiembre 14 de 2017